viernes, 11 de septiembre de 2009

Esencia y misión del maestro

Este texto lo escribió Julio Cortazar en 1939 para Revista Argentina, una publicación mensual de los alumnos de la Escuela Normal de Chivilcoy. Forma parte del libro "Papeles Inesperados" y se me hizo bonito para el día del maestro.

Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que es ya casi presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de escuela normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue, y que la lectura de estas líneas -que no tienen la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.


Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular toso lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro se tiende hacia la inteligencia, hacia el espíritu y, finalmente, hacia la enseñanza moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese erpíritu, y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza, ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.

Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal; permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña -yo diría mejor: del que construye descubriendo- se pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo el mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y la disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndos en lo que se suele denominar "un maestro correcto". Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.

Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen esas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.

Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores, y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.

¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?

Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentins obedece a la carencia de una verdadera cultura, de una cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raices en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espirituque nos elevan por sobre lo animal. El vocablo "cultura" ha sufrido , como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leido mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era -y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres.

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre -tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martin Heidegger- no es solamente un intelectual. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.

Así tiene que ser el maestro.

Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿bastaron cuatro años de escuela normal para hacer del maestro un hombre culto?

No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba "largo estudio"; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo; el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.

La escuela normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo huecoen la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La escuela normal da elementos, variados y generosos; crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos; hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.

El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de si mismo. Aristóteles y Sócrates, de ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de si mismo a través del cultivo de la propua personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a si propio sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lectura y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a si mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse una mañana y decir: "Soy culto". Puede, sí, decir: "Sé muchas cosas!, y nada más. La mejor prueba de cultura suele darla aquel que habla muy poco de si mismo: porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuanod se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.

Al salir de la escuela normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene el ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchs triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros; debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. "El genio -dijo Buffon_ es una larga paciencia." Nosotros no requerimo maestros geniales: sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia. Alguien afirmó, sincillamente, que nada se conquista sin sacrifico. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que pueda hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del "maestro correcto". Aquellos que haya estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o que esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento. Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la escuela normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarlos. Porque en el fondo de todo verdero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.

Feliz día maestros.

12 comentarios:

ojo dijo...

encargale uno

Nick dijo...

Bienvenido ojo, ¿qué le encargo? ¿un maestro?, si es por pedir pedimos un container.

Sergio Berton dijo...

La verdad que es un texto hermoso!

Sacando el tema religioso a un lado, por mi forma de pensar, coincido en que no suele haber maestros y que la tarea de ellos es infinítamente más ardua que la de cualquier otra profesión, más aún si no se quiere fracasar.

He tenido pocos maestros de los "buenos" aquellos que nos daban las herramientas para aprender, no un recitado de lo leído en el libro de moda. Los que se preocupaban por ampliar nuestras dudas, no resolverlas.

Y son esos los maestros a los que uno le gurda cariño.

En esta época donde está tan desvalorizada la educación, esto nos da una idea de lo lejos que estamos de tener más MAESTROS...

Feliz día a ellos!

Gamar dijo...

Tan complejo es el tema que muchos, diría casi todos, suponen, aconsejan y critican la tarea de educar, pero en ningún lado nos enseñan a hacerlo.
Por lo tanto, son muy valiosos los que logran dejar huellas y necesarios los que , pasando desapercibidos, forman las futuras generaciones.
Saludos a todos

Nick dijo...

Sergio, ayer hablábamos de esto con la gente del laburo, y todos contábamos a nuestros buenos maestros con los dedos de las manos, cuando no de una sola mano.

Es una profesión tan bastardeada que no es raro que sean pocos los que se dediquen de lleno a ella y sean muchos los que la vean solo como una salida fácil. Si hasta he escuchado a flacos que se anotaban solo porque las minas estaban más buenas.

Gamar, cuantas veces habremos oído "encima que laburan 4 horas ganan una fortuna", si solo laburaran cuatro horas, y de verdad ganar una fortuna, ponele, pero ¡¡laburan de 6 a 18 (en la escuela, porque siguen en la casa) y cobran dos mangos!!

ojo dijo...

Gracias por la bienvenida!

Pasame con tu abuela, pibe, que se ve tas piuntado

Saludos!

Nick dijo...

De nada ojo, mi abuela está de viaje, con Lucy, cuando vuelva te llama.

ojo dijo...

Ok. tks. sábado 22.00 hs.
En una de esas le pego un fonaso a Lucy

Saludos!

Guty dijo...

Espectacular el texto, Cortazar tiene esas cosas que siempre lo mantienen vigente, es atemporal.
Justo vengo de leer algo más de él en lo de Fepe.

Nick dijo...

Es verdad Guty, los textos de Julio son increibles, mirá que busqué y rebusqué, pero todavía no encontré una historia contada por el que no sea grandiosa.

Me voy a ver que cuenta Fepe...

Reggis dijo...

Creo que es bonito comentar esto, para motivar a los maestros a perfeccionar su practica docente, para mi los mejores recuerdos de mis maestros han sido varios. El que nos daba Educación en la Fé, se llamaba Martín, me daba clases en el colegio, era muy amable, y siempre nos explicaba en la clase platicandonos todo lo de la Religión como un cuento, también una religiosa que fue misionera en África, ella nos contaba acerca de sus viajes, y nos dejaba buenas tareas, creo que aprendí muchísimo con sus tareas y lo más padre es que las revisaba y nos escribía comentarios personales que me hacían esforzarme más en como perfeccionarlos, y los últimos maestros que tuve de epistemologia e investigación educativa, han sido maravillosos por que me inspiraron a estudiar y leer más, aprender a hacer kilométricos controles de lectura para luego platicar y debatir lo que pensábamos al respecto, realmente me siento afortunada de haber tenido estos grandes maestros pues realmente de los más exigentes y sistemáticos para evaluar, es de los que realmente aprendes. o ¿tu qué crees?

Nick dijo...

Reggis, si un maestro no te inspira a seguir estudiando en tu casa, si no salís de su clase con ganas de conectarte a internet para investigar sobre lo que vieron en clase o de comprarte libros del tema, entonces no es un buen maestro.

Si lo único que hace es sentarse a hablar hasta que se pasan las dos horas que dura su clase yo prefiero que se quede en la casa.